por David Sciorra

Manuel Belgrano hubo de enderezar el camino de la evolución argentina cuando en las confusiones propias del “iluminado” siglo XIX se pretendió inyectar en el flujo histórico de nuestra naciente independencia el veneno de la desobediencia primigenia, nuevamente disfrazada de libertad.

Castelli había andado por el Norte con ínfulas de “enciclopedista” vernáculo, mas profundizando en lo esencial el camino de los Borbones que contradiciéndolo, y aquello que debía ser independencia – o sea continuidad en un nuevo florecimiento – amenazaba en transformarse en esclavitud “moderna”.

En la mescolanza imperante de valores e ideas (¡cuán parecida a la actual!), Manuel vio con precisión que la “batalla terrestre” y la “batalla celeste” (al decir de Leopoldo Marechal) debían ir al unísono si es que del alumbramiento de ese fruto nuevo, de esta proyección hacia el futuro de las viejas raíces, se trataba.

Las comarcas norteñas y el altiplano albergaban ya el mestizaje amasado en los siglos anteriores por el que fue posible pronunciar en el mundo el nombre de América y empezar a balbucear dentro de él, el de Argentina.

Nada tenían que ver estas tierras con las cortes relajadas y dispendiosas de la “ya” vieja Europa, en la que los adoradores de la Razón les descubrían a los aristócratas escépticos las “nuevas costumbres” liberales, mientras, en secreto, afilaban la hoja de la guillotina con la que seccionarían sus cabezas, ni con el miope empeño burgués de dominio de la materia despojada de toda trascendencia y por este medio del sojuzgamiento de la “canalla” (así denostada por Voltaire) prefigurada como subespecie cuasi humana, numerosa y por ello descartable, que luego tomaría diversos nombres: “gauchos de los que no se debería ahorrar sangre”, “chusma”, “cabecitas negras”, etc.

Fue natural entonces que volteando altares y burlándose de la fe y las tradiciones del pueblo, Castelli armara un tremendo zafarrancho que transformó en enemistad la primigenia simpatía que había sugerido la Revolución nacida en el puerto, al punto de llevar al borde del naufragio a la nave recién zarpada.

La Ciudad de Buenos Aires que había enviado a Castelli envió entonces a Belgrano como dejando entrever el combate que ella también hospedaba.

La “batalla terrestre” y la “batalla celeste” se entreveraban y así seguirían.

Hombres como Belgrano podían apreciar en el entrevero y, por en medio de la polvareda, ayudar a fundar sólidamente el ser que ya era mientras iba siendo.

Hablar, entonces, de Manuel Belgrano es interrogarnos por ese ser argentino existente y en potencia, que se desplegaría hasta hoy en que, resurgiendo tras estos ominosos últimos 35 años, promete una nueva, esplendorosa y, quizás, definitoria etapa en su realización histórica.

El tema era fundar una nación y no meramente un estado, una administración independiente.

Por ello se trataba de definir la estirpe del hombre que la constituiría.

¿Sería continuidad de aquella que elevara su oración a la Virgen del Pilar y que “vería” a Santiago el Apóstol cabalgar al frente de sus gestas o, por el contrario, de esa otra que por esos tiempos – una vez mas – se envolvía en la autosuficiencia y la soberbia celebrando el poder de la inteligencia humana, que no precisaba ya del Creador, y que se embriagaba en la ilusión del progreso indefinido y del paraíso en la tierra, pero que terminaría al transcurrir el siglo siguiente – también una vez mas – hundiéndose en el escepticismo vital contra el fondo deslumbrante del avance tecnológico y esparciendo por el mundo las tinieblas y no la luz, la confusión y no la verdad, el terror y no la fraternidad?.

Verdadero dilema en el que aún nos debatimos y en el que se juega la realización de un destino.

Belgrano sabía que el poder viene de lo alto y de la ingenuidad humana, que inevitablemente se transforma en maldad al pretender apropiarse de lo que no le pertenece.

Dio las dos batallas al unísono, integral y coherentemente, en su vida que no albergaba el doble discurso ni remitía la fe que lo animaba al ámbito de lo privado.

Por eso al hablar de él no hablamos solo de lo que fue sino de lo que es.

No se trata de congelarnos en el bronce sino de vivificarnos en el espíritu cuyo derrotero permitió a otro patriarca de la argentinidad – al manifestar su visión de la Comunidad Organizada, proyecto y trabajo de los argentinos – expresar: “sentimos, experimentamos que somos eternos”.

Manuel Belgrano, podemos decir sin lugar a equivocaciones, con su testimonio, pleno de una humanidad vigente y palpitante, hoy nos interpela y nos alienta.

Argentina, junio de 2009

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